Honduras perdió a Berta Cáceres, voz de sus indígenas

Por Ariel B. Coya*

La Habana (PL) – Honduras llora todavía a Berta Cáceres, la infatigable luchadora que murió asesinada por defender los derechos de las comunidades indígenas y el cuidado del medio ambiente.

Las calles de La Esperanza, en el departamento suroccidental de Intibucá, se transformaron en un río humano para brindarle el último adiós. Allí, en su ciudad natal, dos hombres armados asaltaron su casa la madrugada del 3 de marzo.

Según su amigo mexicano Gustavo Castro -quien sobrevivió al ataque-, Cáceres forcejeó e intentó defenderse con valentía, pero sus agresores no tuvieron piedad y le dispararon. Tres heridas de bala le cegaron la vida un día antes de cumplir 45 años.

La noticia de su muerte despertó un clamor que rápidamente trascendió las fronteras y provocó reacciones de condena en todo el mundo.

 Los primeros en expresar repudio fueron cientos de indígenas que realizaron una especie de “mural” de flores en las afueras de la morgue donde estaba el cadáver, en representación de los ríos que defendió hasta sus últimos días.

Miles de hondureños también se sumaron a las honras fúnebres para reclamar justicia y patentizar la continuidad de su activismo al grito de “Berta vive, la lucha sigue”.

“Nadie podrá decir que su muerte fue por un robo, por un crimen pasional o por pleitos entre organizaciones sociales, como a veces se pretenden justificar los asesinatos políticos”, advirtieron sus cuatro hijos.

El gobierno anunció una investigación a fondo y el caso sigue en un punto muerto, mientras que el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (Copinh) denunció que las autoridades pretenden utilizar el hecho contra sus miembros, al incriminar a tres de ellos y retener a Castro.

ENTRE LOS LENCAS Y LOS RÍOS

Nacida el 4 de marzo de 1971, Cáceres se convirtió en poco tiempo en una de las voces más representativas de las luchas sociales en Honduras, como lo hicieron antes la revolucionaria Visitación Padilla y la ambientalista Jeannette Kawas, también asesinada en 1995.

Desde bien temprano abrazó los ideales que defendería a lo largo de su vida gracias al ejemplo de su madre, aunque ganó relieve en 1993, tras fundar el Copinh junto a su exesposo Salvador Zúñiga.

Como coordinadora de esa agrupación, no solo dotó de voz a los 400 mil miembros del pueblo Lenca -la mayor etnia originaria del país- al reclamar sus derechos en repetidas ocasiones ante el Parlamento en Tegucigalpa, sino que se convirtió en una ferviente ecologista.

“Ahora los pueblos indígenas nos enfrentamos a poderes más fuertes que al de hace 500 años”, solía decir, al denunciar la miseria, la exclusión social y el racismo que sufre esa comunidad aborigen.

Por eso no dejó de luchar por sus tierras ancestrales ante la amenaza de proyectos hidromineros de empresas transnacionales apoyadas por el Gobierno, al punto de frenar la construcción de una hidroeléctrica en el río Gualcarque, financiada por una dependencia del Banco Mundial.

Iniciado en 2006, el enfrentamiento contra la represa atravesó sus momentos más tensos en 2013, cuando el pueblo lenca sostuvo altercados con los militares, mientras bloqueaba las carreteras para impedir el ingreso de maquinaria en la zona.

En medio del hostigamiento de la policía, guardias privados y sicarios, Cáceres vio caer a varios compañeros de lucha. Uno de ellos fue Tomás García. Al militar que le disparó durante el bloqueo solo lo detuvieron por unos días y luego lo liberaron.

La líder indígena, sin embargo, no cejó en su empeño, pese a ser Honduras el país en el que probablemente más ambientalistas mueren en todo el mundo, con 111 asesinatos documentados allí del 2002 al 2014 por la organización Global Witness.

“Nos consideramos custodios de la naturaleza, de la tierra, y sobre todo de los ríos”, afirmaba entonces, poco antes de ganar la batalla y recibir en abril de 2015 el Premio Goldman, máximo reconocimiento mundial para los activistas del medio ambiente.

LA LLAMA DE SU LUCHA SIGUE

Su infatigable lucha abarcó más frentes de lo que muchos pudieron suponer, sin abandonar nunca la defensa de las comunidades indígenas y la naturaleza.

Cáceres rechazó la creación de bases militares estadounidenses en Latinoamérica y también encabezó protestas a favor de los derechos de la mujer y contra el golpe de Estado del 28 de junio de 2009 al entonces presidente Manuel Zelaya.

Así viajó de un país a otro para difundir las causas por las que luchaba y establecer lazos con otros grupos solidarios.

Además, soportó todo tipo de presiones de los opositores a su activismo y muchas veces tuvo que defenderse de sus artimañas ante los tribunales, incluida una falsa acusación por tenencia ilegal de armas.

Pero nunca desmayó en sus esfuerzos ni renunció a sus ideales.

Según uno de sus hermanos, Gustavo Cáceres, a pesar de recibir numerosas amenazas “Berta siempre dio la cara” y “nunca utilizó un arma” para protestar, porque “su arma era su voz”.

Aunque los sicarios ultimaron a la pequeña mujer de ojos vivaces y poblada cabellera negra que jamás se rendía, difícilmente dañarán su legado.

Como expresó el cantante René Pérez del grupo puertorriqueño Calle 13: “Quieren detener el incendio que se propaga pero hay fuegos que con agua no se apagan. El asesinato de Berta Cáceres multiplicará la lucha”.

 *Periodista de la Redacción Centroamérica y Caribe de Prensa Latina.

 

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